No amar al prójimo es una falta más material que espiritual y que afecta más a uno mismo que a los demás.
Los tiempos adultos en los que estamos evolucionan cambiando los conceptos tradicionales a los que estábamos habituados.
Imagínate una persona que se encuentra dentro de un local en el que hay una habitación central que es el Adi.
El resto del local, entre sus paredes y el Adi, es el Sire.
A uno y otro lado del Adi hay dos grandes bandejas que son el Sire 1 una y el Sire 2 otra.
La persona tiene alas y puede volar, y sólo puede estar en el Sire 1 o en el Sire 2, pero no en los dos al mismo tiempo.
Rodeando las bandejas hay agua con pirañas, por lo que la persona no debe caer en el agua.
El Sire es la zona de desequilibrio, y por eso la persona no se siente bien ni en el Sire 1 ni en el Sire 2.
De vez en cuando en el Sire suena una fuerte vibración tensa y la persona que en ese momento se encuentra en una de las dos bandejas debe escapar de ésta pues es zarandeada por esa mala vibración, y lo único que puede hacer la persona es salir volando y dirigirse hacia la otra bandeja.
Cuando la vibración negativa después de un tiempo vuelve a sonar, la persona vuelve a ser zarandeada en la bandeja en la que se encuentra y debe volar a la bandeja opuesta, y así continuamente cada vez que suena esa mala vibración esporádica, la persona vuela hacia la otra bandeja y se queda allí hasta que vuelve a sonar.
Aunque la persona se siente mal en ambas bandejas, pues las dos se encuentran en la zona de desequilibrio: el Sire.
Una de las veces que sonó la mala vibración, la persona encontró la habitación del Adi, que está en medio, con la puerta abierta.
Al entrar allí, la persona pudo pasar por los cuatro habitáculos de un modo ordenado —C, F, S y E—, y a medida que iba pasando de uno a otro, esa mala vibración se iba desvaneciendo, de tal modo que la persona empezó a sentirse feliz como nunca antes se había sentido, pues ya estaba en el Adi, en la zona de equilibrio.
¿Cuántas personas están actualmente saltando de bandeja en bandeja?
Imagínate un país lejano de tiempos remotos en los que la religión decía a los ciudadanos que no eran buenos, que el mal les poseía y que debían de ser salvados por el bien.
Durante los tiempos infantiles de esa humanidad tuvieron unos tutores venidos de civilizaciones más avanzadas que los dirigían al igual que un padre se encarga de su hijo.
Pero cuando esa civilización llegó a su adultez, entonces esos guías ya no venían a ayudar a la población y eran los individuos los que debían de superarse a sí mismos con la cualidad adulta ya formada que tenían para poderlo hacer.
Aun así, continuaron con la doctrina de sus pasados tiempos infantiles y cuando alguien cometía algún delito no le daban la oportunidad de rehacerse, es decir, que no lo consideraban como una persona capaz, sino que por sí mismo no tenía posibilidad de rehacerse, y debía de ser conducido totalmente.
Aunque los tutores de la humanidad ya no estaban en ese momento para poder ayudar al individuo a hacerlo bien, sino que era el individuo el que lo tenía que hacer por sí mismo por ser adulto, pero no podía hacerlo porque no se lo permitían, ya que aplicaban en él la doctrina de los pasados tiempos infantiles.
Eso producía en éste y otros individuos un gran estrés que se traducía en violencia hacia uno mismo y hacia los demás.
Ahora vamos a observar nuestros tiempos actuales para ver si estamos en esa misma situación en algún tipo de circunstancia.
Pues si es así, entonces las personas que realicen malos actos no van a pensar nunca en que ellos mismos los pueden superar, pues siempre les van a decir que no lo intenten y que simplemente crean en Dios, pues éste les va a salvar.
En tiempos adultos ésta puede ser un arma de doble filo.
Pues si el ser adulto que debe de superarse a sí mismo no lo hace porque le dicen que Dios lo hará por él —y Dios, a través del tutor, ya no le ayuda porque ya no son tiempos infantiles, sino de tiempos adultos—, entonces el adulto que no se enfrenta a superar sus propios problemas para intentar ser mejor no los puede superar, ya que es él mismo el que lo debe de hacer, y si se lo impiden, no lo hace, y así el problema del adulto se multiplica en vez de solucionarse.
Vamos a ver en nuestro mundo cuántas personas hay en esa situación de considerarse que son negativos y que no pueden y que necesitan ser salvados.
Pues todos ellos pueden estar perdiendo la salvación que actualmente podría venir de ellos mismos, si en vez de considerar que son malos, impotentes, negativos y pequeños, considerasen que ya están formados, que son adultos, que pueden y que lo conseguirán.
¿Cuántas personas actualmente ya pueden salvarse a sí mismas y no lo hacen por haberles dicho que no pueden?
En un lugar lejano y de tiempos pasados había un urbano que dirigía el tráfico con ademanes extraños que provocaban la burla de la gente.
Un día pasó por allí un padre con su hijo de la mano.
El hijo le comentó al padre:
* Mira, papá, ese hombre está chiflado.
El papá le respondió muy correcto:
* No, hijo, no está chiflado, es un urbano que está haciendo su trabajo.
El hijo le respondió:
* Pero lo que hace no es normal, hace cosas extrañas.
Y así siguió la conversación:
* No, lo que hace es normal, no hace cosas extrañas.
* ¿Ah, sí? Pues pensaba que lo que hacía era muy extraño y muy raro.
* No, hijo, es normal.
El padre, por temor a que el hijo en el futuro tuviera problemas con la ley por considerar extraño al urbano, le hizo creer que los gestos extraños de éste eran normales.
Así que con esa idea creció el niño hasta que se hizo adulto y eligió como profesión ser urbano, y cuando dirigía el tráfico hacía los mismos gestos extraños que aquel urbano que vio en su infancia.
El padre le había enseñado e inculcado que los gestos de aquel urbano eran correctos y así lo creyó y lo asimiló para toda su vida.
El padre, en vez de ser movido por el temor, debería de haber tomado el camino del equilibrio, es decir, no burlarse del urbano extraño ante el hijo para evitar que éste lo imitase, pero tampoco pasarse por el otro extremo haciendo creer al hijo que el urbano es normal, porque algo de extraño sí que tenía, y si el hijo lo hubiera comprendido así desde el primer momento, no le hubiese imitado después, y además tampoco le hubiera faltado al respeto, pues habría sido educado con equilibrio.
Este es otro ejemplo de una situación en tiempos adultos, en los que la persona no debe de actuar como en tiempos infantiles, pensando que todo lo que ves es correcto y que los fallos tan solo están dentro de él, es decir, dentro de la persona, como lo pudiera ser el pensar que el urbano es extraño, por ejemplo.
Pero estando en tiempos adultos hay que aprender a gestionar las situaciones por uno mismo, es decir, considerando que tanto el urbano como todos los demás son seres iguales, seres adultos con algo que ofrecer y que a su vez necesitan algo de los demás, es decir, que no hay ninguno que sea perfecto, pero que sin embargo sí que tenemos todos la posibilidad de ayudarnos unos a los otros a vencer las dificultades, para hacer que todo vaya mejor, para todos y por el bienestar de todos por igual.
¿Cuántos escenarios como el del urbano supuestamente "no extraño" se producen hoy en día, afectando así a terceras personas, por no adoptar un papel adulto en esas situaciones?
Cuando el sentirse culpables y la necesidad de ser salvados es justamente el sentimiento que se necesita para que un adulto no pueda rehacer su mala acción, por sentirse incapaz de ello y eso le fuerce a mantenerse en esa mala acción, esperando una salvación que tampoco le llega porque la está esperando por un medio infantil siendo ya un adulto, es decir como una ayuda que se ofrece a los niños estando ya esa persona en tiempos adultos, y por lo tanto no llegándole la ayuda y tampoco permitiendo que esa persona se ayude a sí mismo, por lo que esa situación le obliga a permanecer cometiendo el mismo error, y si lo que era, era robar, continuará robando, y lo que era, era engañar, continuará engañando.
Fernando Ortolá
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Conclusiones y opiniones de los lectores: