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viernes, 27 de febrero de 2026

Dos modos distintos de hacer las cosas

La norma natural adulta permite dejar cosas "a medias" porque se rige por la igualdad y el trabajo en equipo.

Ese trabajo en equipo exterior —en el colectivo, junto a las demás personas— también se refleja en la vida personal de cada uno, permitiéndose realizar tareas por tramos para terminarlas en otro momento. Esto ocurre porque todos los tiempos y momentos de la persona trabajan en equipo, al igual que en el exterior la persona colabora con otros. Por ejemplo: una fila de cincuenta personas para llevar cubos de agua desde el río hasta una casa situada a cincuenta metros. Cada persona le pasa el cubo a la siguiente; así, el esfuerzo es distinto y más eficiente que si cada individuo tuviera que recorrer la distancia completa cargando el cubo.

Este es un trabajo en equipo propio de los Tiempos Adultos de la humanidad, donde rige la igualdad. En la vida privada, este fenómeno se produce en cadenas entre los momentos de la vida cotidiana: un momento ayuda a los otros a realizar una tarea.

Ejemplo práctico: El transporte de la maceta

Alguien debe trasladar una maceta pesada desde la habitación hasta el balcón. En ese instante, no tiene tiempo para realizar todo el trayecto porque acaba de despertar, está vestido para salir o simplemente se ha levantado un momento para ir al baño.

 Primer tramo: Mientras va al baño, coge la maceta y la deja en el pasillo (un punto intermedio del trayecto).

 Segundo tramo: Al terminar de vestirse, coge la maceta del pasillo y la deja en el salón. Aún no la lleva al balcón porque hace frío.

 Tercer tramo: Cuando sale el sol, finalmente la lleva al balcón.

Estos tres momentos de la persona han trabajado en equipo. El funcionamiento del niño es diferente, pues aún no tiene la mente desarrollada para coordinar sus tareas cotidianas de forma simultánea o entrelazada. Para actuar como un adulto, se requiere una conciencia clara de la acción, experiencia en la coordinación y profesionalidad en ese "trabajo múltiple".

El niño está en fase de formación; debe aprender a realizar cada cosa por separado para que, en su futura fase adulta, pueda entrelazar las acciones. Por eso, en los Tiempos Infantiles de la humanidad (o ante un niño), se usa la frase: "No hay que dejar las cosas a medias".

El niño no está preparado para la simultaneidad. Si deja la maceta en el pasillo, es muy probable que olvide terminar la tarea, dejando el objeto como un obstáculo permanente con el que alguien podría tropezar. Lo mismo sucede con sus juguetes o su ropa. Hay que enseñarle que cada acción debe tener un fin claro, pues si no termina lo que empieza, corre el riesgo de vivir en un caos de objetos abandonados.

El conflicto de la imitación

El niño imita al adulto. Observa que el adulto deja la maceta en el pasillo o los zapatos en la cocina, y trata de hacer lo mismo. Sin embargo, el adulto lo hace bajo su norma natural (gestión por tramos sin olvidar el objetivo), mientras que el niño, al imitarlo, olvida la olla en el balcón o los zapatos en la cocina. El resultado es un desorden que el adulto debe ayudar a corregir con paciencia.

Si el adulto pierde la paciencia y riñe al niño con dureza, no completa su educación. Ese niño, al crecer, corre el riesgo de ser un adulto caótico, porque su tutor no supo prepararlo para la transición a la gestión adulta.

Las formas de actuar del niño y del adulto son opuestas, pero armonizables si se elige la paz:

 * El niño: Debe terminar cada cosa que empieza. Si no puede terminarla, es mejor que no la inicie o que pida ayuda al adulto para alcanzar el éxito. Así asimila cada "esencia" o acción de principio a fin.

 * El adulto: Sus recursos vitales dependen de sus acciones, por lo que debe optimizar su tiempo entrelazando tareas de forma eficaz y simultánea.

Estas acciones que el niño asimila son similares a los "dioses" del pasado infantil de la humanidad. En aquel período, la humanidad debía aprender virtudes (paciencia, sensatez, equilibrio) representadas por deidades. Al llegar a la adultez, esos tutores externos y dioses desaparecen, dando paso al Dios invisible que habita en el corazón: la voz interior que guía al adulto según su propio determinismo.

Fernando Ortolá




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