La órbita plena de la dimensión superior se dobla en ocho para formar la realidad física del universo de la dimensión más baja en donde vivimos. Ese doblez de la órbita en ocho se refleja en las dos hebras del ADN.
Cuando una situación tensa de nuestra dimensión eleva la vibración por encima del límite de la zona armónica (Adi), entrando así en la zona externa inarmónica (Sire), los dos bucles de la órbita doblada en ocho se invierten, produciéndose así trastornos y enfermedades. Cuando una persona eleva su consciencia, alcanza la órbita plena y, en ese momento, puede ayudar a que quien ha invertido los dos bucles los desinvierta, regresando así a su posición natural y sana; es decir, que su trastorno o enfermedad desaparece.
En ese momento, es importante que quien ha realizado la sanación, después de haber sido esta efectuada, no se quede demasiado tiempo con la persona sanada por miedo a que empeore. Es decir, que deberá creer en la luz y seguir su camino tomando lo que la luz le dé, sin dejarse guiar por el temor sino por la luz. Pues si se queda demasiado tiempo cuando la luz (el Ahí) ya le da otra cosa, perderá su estar Ahí y la oscuridad de quien ha sanado le atrapará, conduciéndole a la misma enfermedad. Además, hará que quien había sido sanado por él recaiga en la misma dolencia, la cual también habrá enfermado al sanador por dejar de estar Ahí.
En los pasados tiempos infantiles de la humanidad, cuando esta era una niña y estaba regida por la buena jerarquía, su única opción para poder hacer las cosas bien y recibir el alimento vital era seguir en todo al tutor y buen jerarca, al igual que el camino de un niño es obedecer a su tutor en todo. El tutor siempre pide al niño que se porte bien y eso es lo que este hace: intentar portarse bien ante todos y en todo momento y situación. Es decir, que si el niño encuentra a alguien que necesita de su ayuda, seguirá su norma natural infantil; hará lo que su tutor le pide, lo cual en ese caso es ayudar a esa persona necesitada con la que se ha encontrado, y ayudarle totalmente hasta que su tutor le pida hacer otra cosa.
Todo eso es diferente en los actuales tiempos adultos de la humanidad, en los cuales el adulto ya no debe seguir esa única guía externa de su tutor, esa única dirección exterior, sino que el adulto ahora debe seguir su propio determinismo ya formado, con el cual podrá medir con equilibrio cada cosa que hace. Es decir, que al encontrarse con un herido o enfermo, el adulto ya no debe actuar ante esa persona con una única y continua predisposición como sí debía hacer el niño. Este aún no tiene su ser formado para poder decidir lo que hacer en cada momento, pero el adulto sí lo tiene y debe decidir el momento de ayudar al necesitado y el momento de alejarse de él para que su necesidad o enfermedad no le pase a él, y para que siga recibiendo ayuda de otros lugares a través del intercambio interno, igualitario y continuo de esencias y frutos que el ser adulto debe hacer con los demás para así poder recibir el recurso o alimento vital que necesita para sobrevivir.
Por eso, si en los tiempos adultos actuales un individuo aún sigue la norma natural de los pasados tiempos infantiles, estará aplicando la vía única ante problemas actuales que, para ser resueltos, requieren de la doble y polifacética vía del ser adulto para poder hacer uso de su capacidad de discernir ya formada. Es decir, que un individuo de los actuales tiempos adultos de la humanidad, al estar ante un necesitado y querer aplicar la norma natural infantil, atenderá continuamente al enfermo sacrificándose a sí mismo de un modo externo. Al no alejarse de él cuando el Ahí le pide que lo haga, perderá su estar Ahí y su paz; hará que se pierda la salud que le había dado antes al enfermo y, además, hará que la enfermedad le pase a él, al sanador, hasta que por sí mismo decida estar Ahí. Entonces todo volverá a su lugar, la realidad saldrá de la inversión, regresará a su orden natural y habrá de nuevo salud para todos.
Fernando Ortolá
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