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miércoles, 4 de noviembre de 2026

En el Ahí

 

7 puntos más que recuerdan el estar Ahí:

1. El mal salvador / El buen salvador

El mal salvador:

Quien salva a alguien es el mismo que antes le ha condenado. Le salva no por el salvado, sino por sí mismo, para desprenderse del sentimiento de culpa que tiene por haber condenado antes, movido por un mal sentimiento de no aceptación hacia él. Le salva no por el otro, sino para pagar el propio karma, para pagar por el propio pecado cometido. No salva al otro, sino que intenta salvarse a sí mismo. No para dar la libertad al otro, sino para someterle. No para reconocer y aceptar su ser, sus acciones, sus ideas, sus sentimientos y sus creencias, sino para taponarlas y obligarle a aceptar nuestras acciones, ideas, sentimientos y creencias. No para compartir, sino para capturarle.

El buen salvador:

El que salva a otro al mismo tiempo que ese otro le salva a él. El que acepta las acciones, las ideas, los sentimientos y las creencias del otro, al igual que el otro acepta lo mismo de él. El que acepta el amor del otro al igual que el otro acepta el suyo.

2. La desmasculinización de la sociedad

La decoración, los adornos y las artes excesivas en los medios de comunicación y en la infraestructura pública despojan a la sociedad de su esencia masculina, aportándole un exceso de esencia femenina —al igual que una mujer se decora y embellece más que el hombre—.

Lo cual, al ser excesivo, debilita a la sociedad, quitándole ese aspecto masculino que necesita para que ambas partes se encuentren equilibradas: la belleza y la fuerza, para conseguir así una sociedad sana y feliz.

En los países más evolucionados se suele ver esa esencia masculina en los presentadores de televisión de los medios de comunicación, etc., es decir, en esos hombres que las sociedades extremadamente feministas detestan y que apartan de la vista pública, de las instituciones y de los medios de comunicación, embelleciendo así a la sociedad como a una mujer excesivamente engalanada y quitándole la fuerza que necesita para tener el equilibrio que le evitaría caer en conflictos y enfermedades.

3. Los componentes del «Ahí»

El estar Ahí se compone de los siguientes elementos:

 El Inin.

 El impulso vital.

 El amor a Dios.

 El amor al prójimo.

 La chispa.

 La acción de las esencias.

 El cuerpo, la mente, las emociones y el propio determinismo.

 La libertad y la felicidad, etc.

Todo eso está junto en el estar Ahí. Cuando un sentimiento oscuro quita alguno de esos ingredientes, la persona deja de estar Ahí y se siente mal; está en el chispo.

La práctica de las esencias contiene todos los ingredientes del Ahí para ayudar al individuo a estar Ahí, o para regresar al Ahí si antes se había dejado de estar.

4. Cabeza y cabello

No es el cabello el que se va, sino la cabeza la que crece: la sensatez de la adultez. No es esta vida la que se va, sino el espíritu el que crece.

Después de esta vida viene el cabello personificado a decir al espíritu cómo le ha tratado. Después viene la personificación de la compasión y de los demás valores a hablar del mismo modo con la persona, así: «En tal ocasión me has tratado bien, en tal otra me has desatendido».

5. Efectos del «Osco» (oscuridad descanalizada)

La rumiación mental es una guerra mental y telepática contra otro; no es algo de la misma persona. El estar Ahí en el Doki la quita.

El acto inversor de la oscuridad hacia la luz transforma la cruz positiva y creadora —que se refleja en el cruce entre el cerebro y el cuerpo— y la convierte en una cruz de dolor que crucifica al individuo.

6. Los objetos que atan el espíritu (El relato de Berto y el Sire)

La violencia ata a las mentes en objetos externos a través de una dualidad negativa (el Sire).

Por ejemplo, Berto se encuentra con la violencia de un fanatismo que intenta hacerle creer que el lado norte de un edificio es mejor que el lado sur, pues entre los de la escalera norte y los de la escalera sur juegan partidos de fútbol enfrentándose entre sí: el equipo norte contra el equipo sur y viceversa. Alguien que vive en otra parte de la ciudad, Berto, llega allí un día de paseo y hace una pausa en un parque junto al edificio.

Allí sentado en un banco, se le acerca un grupo de jóvenes que pensaban que él vivía allí, en el enorme edificio, y le obligan a cantar el himno del equipo sur del edificio. Él se niega; ve un ambiente fanático y violento, no le gusta y se quiere ir. Pero con amenazas le obligan a quedarse y a cantar con ellos. Por miedo a que le peguen, empieza a cantar. Se burlan de él y lo desprecian. Finalmente le dejan marchar y regresa a casa totalmente triste y abatido. Ha participado de un acto violento al que le han obligado a participar. Eso le hace sentir profundamente enojado en contra del equipo de fútbol del edificio sur, y llevado por ese sentimiento de odio y la violencia que se enciende en él, decide regresar para devolver el golpe al equipo sur, haciéndose fan del equipo norte, el cual, en su fanatismo, es igual de violento que el equipo sur.

La violencia ha hecho que Berto, el protagonista de este relato, polarice su mente en la dualidad negativa de dos bandos, la cual le ha atado de un modo negativo al edificio de los dos equipos de fútbol enfrentados entre sí. Es decir que la violencia ha dirigido a Berto al camino inverso al que cualquier ser sigue, llevándole a la dualidad creadora positiva (noche y día, C y F) de un modo negativo, con violencia, intentando poseer con ira a la fuente creadora —la cual ha pasado de ser el origen dual y positivo (a partir del cual se multiplica con paz y amor la diversidad de la creación) a ser la dualidad enfrentada, ensangrentada y dolida de la violencia y los dos bandos de la guerra: el Sire—.

El camino positivo y creador de Berto en su adultez hacia la buena diversidad del universo creado y la Malla de Luz se ha invertido de un modo negativo y violento hacia la dualidad original, haciendo así que esa dualidad original quede atrapada, así, fuera de lugar en el territorio ajeno de la diversidad, manifestándose a través de un objeto externo de la diversidad —como es el edificio de los equipos de fútbol—, atando a Berto a este de un modo tortuoso (Sire, cruz de dolor) y conduciéndole a la violencia, la oscuridad, la infelicidad y la enfermedad.

El cruce positivo de la creación —que el Creador usa para tener frente a él a la creación— es similar al efecto fotográfico de la imagen que se proyecta de un modo inverso a través de un agujero, situado en el centro del cruce de la órbita plena creadora doblada en ocho, creando así una oposición armónica entre Él y su creación. Esta, con la vibración de violencia, se invierte en su reflejo hacia el entorno de los seres creados que han participado de esa violencia.

Y aunque en el fondo ese cruce creador de la órbita plena doblada en ocho se mantenga siempre positivo sosteniendo la creación, sin embargo, en el entorno de un individuo que actúa con violencia se transforma en un cruce negativo, una cruz de dolor, el Sire, la guerra, que le ata a un eje de opuestos violento y sin sentido, que se halla en torno a un objeto externo, circunstancial y material, como lo pueda ser un edificio (como en el caso de Berto citado en el ejemplo) o como lo pueda ser cualquier otro objeto material y eventual del exterior: una caja de zapatos, un reloj, un traje de lujo, un collar de perlas, una motocicleta, u otro objeto material externo por cuya posesión una persona puede salir de la paz y entrar en un estado de violencia.

Esto produce esa dualidad sin sentido en torno a ese objeto material, dejando a la persona dolorosamente atrapada en él y separada eventualmente de la acción de las esencias en la que, como ser adulto y ya formado, se encontraba antes de su estallido de violencia; es decir, antes de haber sido atrapado por esa dualidad sin sentido en torno a ese objeto externo, material, circunstancial y perecedero, que ha frenado la evolución de su espíritu hacia la eternidad.

Así queda separado de la acción de sus esencias adultas —el cuerpo, la mente, las emociones y la identidad ya formadas— y separado también de la diversidad adulta y positiva, es decir, del intercambio de frutos con los demás seres adultos para poder obtener el recurso y alimento vital que todo ser adulto necesita, y que se obtiene del intercambio de frutos con los demás seres adultos en una buena sociedad creada y formada entre todos.

Quien sigue la norma natural adulta activando sus esencias y trabajando en la buena sociedad (Doki) (quien está Ahí) no es tan propenso a ser captado por ambientes de violencia, ni a ser su espíritu atrapado en estos y en la dualidad sin sentido que estos crean en torno a los objetos materiales que esa violencia desea atrapar y poseer con fanatismo ciego.

El ser adulto que está Ahí (en la paz) se libra de todo ese mal, pues si a través de una esencia le amenaza un ambiente de violencia, siempre tiene la posibilidad de elegir otra esencia que se le presente pacífica en ese momento para poder alejarse de ese núcleo negativo sin que este pueda atraparlo. Pues la naturaleza (el Creador, el Ahí, etc.) siempre concede a todos los seres la posibilidad de elegir un camino pacífico en toda circunstancia, para mantenerse siempre en armonía con felicidad y salud.

Para así, el ser adulto, poder seguir dirigiéndose hacia la diversidad de la sociedad humana y el intercambio de frutos con todos —es decir, en la Malla de Luz que todos forman en el interior con sus mentes y que, en el nombre del Creador, sostiene el universo material en el que estamos—, con salud y aceptación hacia todas sus partes y seres por igual, y no la aceptación exagerada, única y exclusiva que el fanatismo y la violencia dirige hacia una sola parte del universo o elemento material de nuestro entorno, atando el espíritu adulto en él y privándole de su evolución hacia la diversidad, es decir, hacia la creación de la buena sociedad y el intercambio de frutos con todos los seres creados, lo cual es la realización de este universo en el que estamos, es decir, su flor.

7. Niño y adulto

El niño no puede desarrollar el poder de su propio ser, pues aún no tiene formado su ser. Por eso vive bajo el poder mental del ser adulto, el cual es el tutor del niño y crea todo un mundo de fantasía, cuentos y leyendas para calmar la mente del niño en pleno desarrollo y para ayudarle a crecer y a formarse. El niño vive en ese mundo de creencias y fantasías hecho por la mente del adulto para protegerle y formarle.

El adulto, sin embargo, pide su adultez, ejerciendo plenamente su libertad con el poder de sus herramientas, como son la mente; es decir, que no está bajo la mente como el niño, sino sobre ella, viviendo la vida adulta con pleno dominio y poder, con total libertad.


Un abrazo.


 Fernando Ortolá



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