El Ahí afea la infidelidad para proteger el corazón de los justos.
El caos llega primero a la malla de luz, impidiendo la respiración de Elina (el estar Ahí) y, después, se transmite al cuerpo, interrumpiendo sus ciclos biológicos y produciendo la enfermedad. El estar Ahí recupera la respiración de Elina y, con ello, la salud.
El estar Ahí del ser adulto despierta el Aito y a las cuatro primeras esencias en este:
* Esencia C: Identidad. Confianza en Dios.
* Esencia F: Feses. Dificultades.
* Esencia S: Sabiduría interna, autoconocimiento, mente, etc.
* Esencia E: Éxtasis del Ahí.
No hagas música, deja que la música te haga a ti.
No toques música, deja que la música te toque a ti.
No hagas el amor, deja que el amor te haga a ti.
No hagas el sexo, deja que el sexo te haga a ti.
El mayor error y pecado es querer atrapar la materia con el espíritu, pues eso lleva a la crucifixión de la materia —del cuerpo— a causa del espíritu que la quiere poseer. Ese error no lo comete el adulto, sino el joven; es decir, aquel que aún tiene que aprender y por eso comete errores. Es un error que comete el hijo, pero no el padre.
Ese error mayor está representado de un modo especial y directo por el símbolo de Jesucristo en la cruz. La crucifixión representa al hijo (al joven, al que tiene poca experiencia) sufriendo el resultado de haber intentado atrapar la materia con su espíritu; es decir, intentando transmitir su creencia, su verdad, su espíritu o su religión a los demás, despojando así a sus cuerpos y tierras de sus propios espíritus para poseerlos con el suyo propio.
La cruz que le crucifica son las esquinas del cuadrado. El cuadrado representa a la materia que ha intentado poseer. Al intentar entrar en ese cuadrado para poseerlo —lo cual, por naturaleza, resulta anormal, difícil y tortuoso—, el hijo termina siendo expulsado. En vez de ser acogido por las esquinas, como los codos acogedores de un abrazo, recibe lo contrario: la expulsión de la materia y el ataque del cuadrado hacia él. El cuadrado golpea al hijo con sus esquinas y codos, formando «clavos» y una cruz de dolor. En realidad, el hijo se ha crucificado a sí mismo por su intento de poseer la materia con el espíritu.
¿Qué hacer ante el error del hijo?
Activar las esencias, estar Ahí, para no ser afectado por el error del hijo y ayudarle a él a superarlo, a crecer y a llegar a ser adulto. Es como aceptar el rol de «Superman» de un hijo al jugar con él; se le permite ser lo que desea en el juego, aun corriendo el riesgo de que, por su testarudez, se caiga del pedestal y se haga daño. Haría más daño a su espíritu el contradecirle. Hay que cuidarle, pero a la vez permitirle que aprenda de sus propios errores para que se forme su propio espíritu y, al ser adulto, tenga un espíritu completo.
En Oriente (tiempos del hijo), se adora al padre, al gurú, al tutor, al buen jerarca.
En Occidente (tiempos del padre), se adora al hijo y a su crucifixión, para permitir con amor que aprenda de su propio error.
La cruz es un símbolo cenuítico que representa el Fes, que significa un sacrificio interior necesario para activar las esencias adultas ya formadas: el trabajo, el autoconocimiento, el amor y la identidad. Con ello se vence a la cruz y se resucita de ella en cada paso del caminar adulto, liberándolo del lastre y haciendo que sea ligero, alcanzando así el éxtasis del Ahí: el amor interior.
La excitación física excesiva por falta de paz interior es una C puesta afuera que deforma la materia. Los elementos C excesivos en el exterior —como el calor del sol, la comida picante o el deporte excesivo— hacen que la C externa deforme la materia (C-áncer), pues el espíritu (C) es el conductor de la materia. Esto explica por qué quienes hacen deporte y aparentan estar bien externamente son, a veces, quienes contraen cáncer.
Fernando Ortolá
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